Tutores: de profesor a profesor. El valor de la experiencia


conectividad

Tuve desde mis primeros años la mejor de las suertes, en mi camino pedagógico encontré grandes maestros. Una de ellas me ayudó a sobrevivir los primeros años de educadora, los otros dos, me llevaron de la Historia a la Economía.

Su aporte fue vital en mi profesión, compartieron con tanta grandeza con una joven de 22 años, todo lo que habían desarrollados en décadas, errores y aciertos, sin imponer sus visiones pero enriqueciendo la mía.

Si bien ya no están, la posta que me entregaron la sigo compartiendo con las nuevas generaciones. Cada año, un nuevo estudiante en práctica, cada año formando nuevos profesores de Economía IB. Siento que retribuyó el apoyó que alguna vez tuve.

25 años han pasado de mis primeras clases y cientos de horas de perfeccionamiento, psicólogos, economistas, ingenieros, doctores en Educación a quienes agradezco su buena voluntad pero de quien aprendí poco a nada, pues estaban tan alejados de la realidad aula que lo que entregaron sólo quedó en el anecdotario.

De quienes sí aprendí y mucho, ha sido de los profesores aula, sobre todo aquellos que llevaban décadas en la sala de clases.

Es que educar es un arte que no nace en las oficinas de un tecnócrata, tampoco en las estadísticas y el análisis de datos, menos en el aumento de recursos económicos, nace en el contacto diario entre profesores, alumnos y padres.

En la capacidad de leer que en una misma sala de clases tenemos universos únicos e irrepetibles, con sueños, anhelos, metas absolutamente diferentes. Con padres que desean lo mejor para ellos y por eso son capaces de hacer los mayores sacrificios.

En que las evaluaciones no pueden ser únicas porque condenamos a un grupo al absoluto fracaso, a la desmotivación de creer que no son capaces y están condenados a no lograrlo , a mantener un ritmo alocado para terminar agotadoras mallas curriculares, dejando en el camino los que piensan diferentes, los creativos, los innovadores, los soñadores, para cumplir lo que nos piden desde oficinas ministeriales sin un mínimo de experiencia pedagógica.

A no tener el tiempo para compartir, para debatir y crear en conjunto con la comunidad docente estrategias de aprendizaje, más cuando nuestros alumnos mudaron de piel, ya no son los mismos y el actual sistema educativo no les satisface y menos motiva.

Hace días un amigo me preguntaba por que entregaba toda mi experiencia pedagógica de tantos años de manera gratuita, al escucharlos sólo sonreí y le respondí, porque es mi deber, un compromiso con mis alumnos y los que vendrán y con aquellos maestros que alguna vez creyeron en una recién egresada de la Universidad.

Si queremos un cambio real de la Educación, si buscamos emparejar la cancha, no existe otro camino que validar la voz del profesor aula, sobre todos aquellos que han sobrevivido estoicamente en el sistema público, darles el espacio para reconocerse y compartir lo que saben, crecer en comunidad.

Sólo un profesor aula sabe lo que necesita un profesor aula y si bien otras voces siempre serán valoradas, son los años entre alumnos, padres, compañeros docentes, los que forman el alma de la Educación.

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